PARÁBOLAS Y PARADOJAS





TEATRO DE CUENTOS
ACTO XXXV
¿Qué islas llevar a un libro desierto?

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Escena 9
"PARÁBOLAS Y PARADOJAS"
de Franz Kafka

Buenos Aires: Errepar, 2000

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Salute Fábula, pongan oídos a la titularia movilera de hoy:

DE PARÁBOLAS, PARADOJAS Y BIBLIOTECAS PÚBLICAS.

Saben ustedes, estigmados míos, que ciertos domingos repaso los libros de LaFabularia que acompañan mi existir en este mundo hasta dar con alguno cuyo valor me sea significativo. Ocurrido el encuentro, invento la excusa de un lector dispuesto a recibirlo. Y el placer de compartir las maravillas refugiadas en sus páginas compensa la marca del vacío que deja la ausencia del libro.

Esta mañana supe dar con una joyita estética, un pequeño librejo atribuido a la pluma de Franz Kafka que lleva por título “Parábolas y Paradojas”. Fue entonces que, animado por el hallazgo, rejunto las medialungas sobrevivientes del desayuno y me traslado con el compañero Franz hasta el parque de la Dependencia para tomar unos mates.

Mientras cebo un amargo las primeras paradojas se desprenden del libro para tomar posesión de mi alma: “Dicen los cuervos que uno solo de ellos basta para destruir el cielo. Esto es muy cierto, pero no prueba nada en contra del cielo, por la sencilla razón de que el cielo significa imposibilidad de cuervos”.

Celebro la voz del relato y pido al compañero Franz que me haga el honor de seleccionar otra página. El muy guacho, como es su costumbre desde que nos conocemos, apalea mis anhelos. Toma el libro, marca una hoja al azar y dice: “¿Quiere paradojas amigo Hernández? Pues bien, dice usted que yo he escrito este libro; pero le confieso que jamás he dominado el español y no recuerdo siquiera haber soñado en tal lengua”.

Acomodo mi espalda en la curva del banco como para dar aire a un comentario pero el viejo Kafka, negando con la cabeza, me detiene: “Deje los laberintos ficcionales de la traducción para cuando juguemos al chinchón con Borges, al fin y al cabo, vivir es desviarnos incesantemente. De tal manera nos desviamos, que la confusión nos impide saber de qué nos estamos desviando”.

Pasamos el resto de la tarde contemplando silencios. Los paseantes, “esas jaulas que salen a buscar pájaros”, no reparan en nuestra figura abandonada en un banco amarrado a los límites del lago. Tal vez el silencio nos vuelve invisibles pues bajo su manto caben tanto una amenaza de muerte como el grito agónico de una flor.

Cuando el sol, fingiendo su caída alrededor de la Tierra, nos inunda de sombras dejamos el parque. Mientras el compañero Franz aleja pasos voy juntando sus huellas en la forma de un encargo: “Dígale a Leto, me dice, dígale a Leto: Si sólo fuera posible que alguien se mostrara capaz de detenerse un instante, de callar un momento, a la vista de la verdad. Pero parece imposible. Todos, yo también, nos aproximamos a la verdad, y la derrumbamos a fuerza de centenares de palabras. Dígale esto a Leto, dígale que aún recuerdo aquel convite”.

He dicho al comienzo que esta es una noche de parábolas, paradojas y bibliotecas públicas. Es momento de hablar de estas últimas.

Existe un artilugio tramado por algunos hacedores del universo fabulario que se inspira en la creación de bibliotecas públicas. Este mínimo artificio acontece en los desiertos del mundo desde hace ya 23 años y el número de bibliotecas sembradas es notable.

Pero vista la escasa cantidad de cospeles que financian esta comunicación dejaré en las banquinas de futuras noches el comentario inherente a las mismas. De todos modos este movilero cyrano quiere anunciar la inminente instalación de una de estas bibliotecas públicas en dependencias del bar Charlie Brown.

Bien, esta noche intento hallar un lector a quien traspasar “Parábolas y Paradojas” del amigo Kafka. Pero en esta ocasión, quien considere valioso hacerse del libro, podrá continuar el juego. Estigmados oyentes, aquel que llame para agregar a sus dominios esta obra, cuando se presente en Charlie Brown a retirarla deberá entregar un libro a cambio. Un libro por un libro. Un libro que ha de sumarse a otros libros, un libro que fundará la nueva biblioteca pública de Charlie Brown para que, aquellos parroquianos que por arte de azar y birlibirloque lleguen al lugar, puedan recrear sus oficios de lector y compartir descubrimientos. Libro por libro. Y no esperamos uno de pulcro aspecto, aguardamos ese libro que, de algún modo, sea la excusa para conocer a quien lo entrega. Ojalá exista este oyente, ojalá alguien intuya las prodigiosas consecuencias implicadas en este leve acto de hacer. Ojalá que puedan fabular con nosotros.

Señores cyranos, sin más que decir por esta noche, dejo a Kafka en sus manos y me despido:

Un saludo una reverencia.

Me llamo Hernández, digo, Macedonio Hernández.

Y esto, es un decir.




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Dicen que ciertos libros, acechados por el olvido,
resisten su naufragio invocando a un lector.

Dicen también que ciertos lectores, porfiando en sus oficios,
inventan el rescate de estos libros.


Cuando algunos domingos precipitan hacia el centro de la noche,
Macedonio Hernández cierra el libro que acaba de leer
y regresa para contarlo.

[EDICIÓN CYRANO, 27 JUL 2008]




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